El faro de septiembre
La casa de la arena
El faro llevaba doce años apagado y aun así olía a sal cuando abrí la puerta. Dejé la maleta en el umbral y escuché el agua golpear la base como si quisiera entrar.
En el pueblo nadie me esperaba. Eso creía yo, hasta que vi una bicicleta apoyada en la muralla y reconocí el manubrio torcido que Tomás nunca quiso cambiar.
La luz que vuelve
Subimos los ciento cuarenta escalones sin hablar. Arriba, la lámpara seguía intacta, cubierta de polvo y de sal.
—Si la enciendes, van a venir —dijo él. Y yo encendí.