Cartas que nunca envié
El cajón
Mi madre guardaba las cartas en un cajón que olía a cedro. No estaban escritas para mí, ni para mi padre, ni para nadie que yo pudiera nombrar.
La primera empezaba así: «Querida señora que me vendió el pan aquel martes».
La última dirección
Busqué la calle en un mapa viejo. El edificio ya no existía, pero el árbol del patio seguía allí, enorme y tranquilo.
Dejé la carta bajo una piedra. No sé si alguien la leyó.